jueves, 25 de diciembre de 2014

La sierra de Santa Pola

José Manuel Almerich


Pocos lugares junto al mar quedan ya libres de urbanizar. Las últimas sierras litorales luchan por sobrevivir en un entorno caótico y excesivamente humanizado. Preservar estos paisajes para el futuro debería ser la prioridad absoluta, por nosotros y por los que nos suceden, si no queremos acabar definitivamente con el atractivo, que allá por los años sesenta, atrajeron a los primeros turistas.



Cuando hablamos de turismo de playa, olvidamos con frecuencia otros valores que limitan de forma injusta el conocimiento de nuestras costas. Cientos de turistas las visitan cada año sin mayores pretensiones que tomar el sol, descansar y disfrutar de un buen baño en sus aguas transparentes pero lugares como la sierra de Irta, la última franja virgen declarada Parque Natural, la Serra Gelada de imponentes acantilados frente al mar, o la sierra de Santa Pola pasan desapercibidas cuando son lugares únicos donde todavía puede observarse lo que fue el paisaje primigenio del litoral mediterráneo. 


Santa Pola es, sin lugar a dudas, la población alicantina que mayores alicientes y diversidad de paisajes posee, y además de la playa virgen de el Pinet, las salinas y las dunas, la sierra de Santa Pola es uno de los escasos ejemplos de arrecife fósil de todo el mediterráneo penínsular. La sierra de Santa Pola, conocida desde antiguo como el Cap de l’Aljub, es una verdadera joya geológica y paisajística, injustamente olvidada y desprotegida. En sus orígenes la sierra de Santa Pola fue una isla, puesto que la línea de costa se encontraba mucho más al interior. Batida por el oleaje, se fueron modelando los acantilados que, muy cerca del mar, alcanzan los 143 m de altitud. Hace 20 millones de años se levantó este gran domo que conforma actualmente una meseta ligeramente basculada hacia el oeste. A su importancia geológica va ligada la excepcional riqueza botánica, mucho más abundante y variada de lo que a simple vista parece. Distintas comunidades vegetales habitan el paraje, y algunas especies son únicas y exclusivas de esta zona. Los endemismos como la biscutella lucentina, que crece en los rincones más agrestes y umbríos de los barrancos de la sierra, es una planta limitada a la zona meridional alicantina.


 
Desde las bosquinas semiáridas hasta las especies introducidas por el hombre como el eucaliptus, la mimosa, el ciprés o el pino carrasco, la sierra conserva una vegetación que soporta al límite los veranos calurosos y la sequedad de un clima extremo, amen de la presión antrópica a la que siempre se ha visto sometida. La sierra conserva también un patrimonio cultural muy interesante, centrado sobre todo en los algibes, construcciones para recoger el agua de lluvia ante la inexistencia de fuentes, antiguas explotaciones abandonadas, casas de campo, veredas y los bunkers de la guerra civil que, dispersos por la sierra y estratégicamente situados, son mudos testigos de lo que fue la peor tragedia de España. Bajo, junto al mar, en la franja litoral que rodea el domo, una serie de calas y dunas fósiles se alternan siguiendo la línea de costa hasta las playas del Carabassí donde las dunas de arena avanzan tragándose los olivos y algarrobos que un día el hombre plantó en su camino. Junto a la ermita de Santa Bárbara, ya en término de Elche, el paisaje se enriquece y las playas aquí, sin alteraciones urbanísticas, alcanzan unas dimensiones considerables. Desde que fue prohibida en las cercanías del Clot de Galvany, la zona húmeda que limita la sierra por el norte, la extracción de arena, las dunas han ido poco a poco creciendo y desarrollándose. Todo este entorno posee un valor paisajístico y geológico excepcional, pero las amenazas de destrucción se ciernen inquietantes desde lo alto de las grúas que ya se asoman frente al Clot. Y es que la presión urbanística es tal, que ya ha acabado con dos terceras partes de la sierra de Santa Pola. La urbanización Gran Alacant ha sido la más brutal de sus agresiones, y las vertientes septentrionales de la sierra han sido literalmente arrasadas, cubiertas de hormigón y construidas cientos de viviendas que parecen luchar entre ellas por ver entre las paredes un trocito de mar. Por otro lado, los edificios de grandes dimensiones cerca de la Torre de la Escaleta han destruido también irreversiblemente el paisaje y afectado de forma grave al ecosistema dunar.


La sierra de Santa Pola constituye uno de los lugares de mayor interés natural y paisajístico de toda la costa de Alicante. Es una reserva geobotánica a pesar de su apariencia árida. Conservar lo que queda de ella, su franja costera y su sistema dunar para las futuras generaciones es una obligación moral y nuestra responsabilidad como sociedad civilizada. Es un patrimonio cultural y natural no sólo de sus habitantes sino de todo aquel que desee visitarla. Su destrucción definitiva significaría erradicar un paraje único e hipotecar el futuro turístico a medio plazo. 


La ciudad de Santa Pola todavía está a tiempo de conservar parte de ella, al igual que lo ha hecho con las playas vírgenes del Pinet y las Salinas. Mientras tanto, frente a la playa Lisa o Varadero, decenas de roulottes aparcadas pasan sus vacaciones en una especie de acampada consentida. Para este tipo de turismo, cuya gastronomía se limita al hipermercado y utiliza las aceras del paseo marítimo como salón de te, los valores naturales de Santa Pola también les serán ajenos, al igual que sus hoteles, su caldero de pescado, su arquitectura rural o sus magnificas playas, desde las que, allá por mayo de 1900 fueran el primer lugar de la Comunidad Valenciana por donde se introdujo y se expandió el fútbol, traído como no, por los marineros ingleses del buque Theseus en cuyos ratos de ocio practicaban en la playa aquel extraño juego que denominaban foot-ball.
                                                                                                      

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