martes, 9 de diciembre de 2014

Los caminos del Cid

Un viaje por la España resignada
 






 







 
Sus ojos se van apagando poco a poco. A pesar de lo animada de la conversación y el agradable ambiente que se respira durante la cena, Elena no puede disimular el cansancio. Han sido casi un centenar de kilómetros, y considerable el esfuerzo para cruzar esa parte de la meseta castellana entre Burgo de Osma y Medinaceli. Los páramos solitarios de los altos de Barahona no han dado ni un momento de respiro. El tiempo tampoco se ha portado bien con la mesnada que, desde hace días, lleva las alforjas mojadas.
 
A Medinaceli llegamos bien entrada la noche. La etapa de hoy ha sido dura, la de ayer también, y la del día siguiente tampoco nos dará tregua. No hay solución en este viaje, no hay posibilidad intermedia, no hay pueblos ni gentes. Ni ermitas, ni castillos ni guardianes, no existe ya el hombre sí es que alguna vez formó parte de esta tierra.


Partimos de la ciudad de Burgos un domingo a mediados de octubre con la intención de llegar en bici a Valencia. Ocho días después, atravesando montañas, páramos y profundos cañones fluviales llegaremos a la cartuja de Portacoeli. El otoño ha pintado de ocres el romántico paseo que transcurre junto al río Arlanzón. No muy lejos de allí, el monasterio benedictino de San Pedro de Cardeña nos abre la puerta de Castilla y nos invita a adentrarnos en las que probablemente sean las tierras más solitarias y despobladas de la Península Ibérica.


El cañón del Río Lobos a la mañana siguiente estaba vestido de gala. Los álamos y tamarindos lucían sus mejores colores a comienzos de la nueva estación y las praderas de nenúfares cubrían las aguas del río como un inmenso tapiz que ondulaba a merced de la corriente. Los buitres vigilaban desde lo alto el hermoso escenario al que unos intrusos habían osado adentrarse. Las elevadas paredes calizas, con sus voladizos y cuevas colgadas al vacío cerraban el cañón y creaban un ambiente mágico, casi sagrado, acrecentado con la presencia de la misteriosa ermita templaria de San Bartolomé. Salimos del estrecho cañón hacia Ucero mientras la tenue luz, perdida en el horizonte, se iba haciendo cada vez más difusa. 

Durante toda la noche llovió en Burgo de Osma. Partimos alamanecer, y tras pasar bajo las murallas del castillo de Gormaz nuestras bicicletas nos llevaron sin apenas esfuerzo, hasta Berlanga de Duero, cuna de nobles y último núcleo medieval habitado hasta Medinaceli. En Bordecorex, la sensación de retraimiento pudimos leerla en el rostro de un pastor y su madre que descansaba sentada junto a él. Los perros nos han ladrado inquietos ante los nuevos, quizás únicos, visitantes en mucho tiempo. Bordecorex representa la estampa de este viaje, la estampa de un pais marcado por la emigración, la pobreza y el olvido, la estampa de una vida sumida en el silencio y la resignación. 


El camino de tierra abandona el pueblo y asciende lentamente dejando atrás un bucólico paisaje anclado en el tiempo, marcado por la verde cicatriz de un pequeño arroyo y las casas en ruinas que, poco a poco, se van hundiendo.
El paisaje que se extiende frente a nosotros, una vez superado el valle fluvial, es inmenso y tremendamente hostil. Sabinas adehesadas azotadas por el viento, muros delimitando los antiguos pasos de ganado, paredes derruidas de viejos corrales y una inquietante sensación de aislamiento y resignación. Las tierras yermas y los extensos eriales no parecen tener fin. La vasta estepa del sur de Soria es, probablemente, uno de los lugares más tristes y desolados del mundo. Los caminos se confunden y sólo con la intuición saldremos adelante. Cruzamos el páramo con premura mientras el cielo amenaza con volver a llover. Un calígine húmedo empapará nuestro rostro y la niebla nos envuelve poco antes de llegar a Barahona, donde la silueta del castillo, inmersa en la bruma, se eleva sobre las casas. Cuantas veces esta imagen habrá servido de alivio y guía para los viajeros, arrieros y acemileros que habrán cruzado durante siglos este páramo desolado y gris.
 
Barahona tiene poca vida y no nos detenemos. Comienza a anochecer y la temperatura desciende bruscamente. Buscamos alojamiento en los pueblos que siguen las eternas carreteras sin circulación mientras el agotamiento se va poco a poco, apoderando de nosotros. Ni en Romanillos ni en Miño de Medinaceli encontramos lugar para descansar, ni tan siquiera un pequeño bar donde tomar un café caliente. Nada ni nadie. Parece que el mundo se haya hundido y tan sólo quedamos nosotros, únicos supervivientes en busca de un lugar donde dormir. La lluvia y la noche nos han caído encima. Consigo detener una furgoneta cerca de la carretera que lleva a Elena hasta el hotel. El resto del grupo continuamos hasta Medinaceli. 


Me siento mal por ver sufrir a Elena. A pesar de todo, ella está bien y orgullosa por haber superado con esfuerzo, la dureza de esta etapa. Elena es una mujer excepcional. Inquieta, apasionada y curiosa, posee un coraje y una fuerza de voluntad admirables que muchos viajeros quisieran para sí. Vive intensamente la emoción de este viaje sin pensar en las dificultades y sufre en silencio los momentos más críticos. Es como un reflejo de su vida, como un reflejo de su forma de ser. El esfuerzo para ella es mucho mayor porque apenas ha tenido tiempo para prepararse y su trabajo le ha robado muchas horas de sueño. Lo delatan sus ojos. A pesar de todo Elena no para de reír y en el fondo, su mirada, vencida por el agotamiento, tiene un brillo especial. 

José Manuel Almerich

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