domingo, 27 de agosto de 2017

El naufragio de la Guadalupe



 La tragedia que cambió la historia de Dénia
 José Manuel Almerich


Vino, caldo caliente, mantas y aguardiente fueron lo único que los habitantes de Les Rotes pudieron ofrecer a los supervivientes de uno de los naufragios más dramáticos de la historia del Mediterráneo.

La fragata Guadalupe era un navío de guerra de la Marina Real Española botada en la Habana en 1786 y hundida en las aguas de Dénia en 1799. Tenía 164 m de eslora por 44,5 m de manga y un casco de seiscientas toneladas forrado de cobre. Estaba equipada con 34 cañones y numeroso armamento, entre el que figuraban fusiles, bayonetas, espadas, cuchillos y hachuelas de abordaje, además de sesenta granadas de mano y otros tantos frascos de fuego. En el momento del naufragio, tenía una dotación de 327 hombres al mando del capitán de fragata Juan de la Encina y en aquel terrible suceso perdieron la vida 147 tripulantes que no pudieron llegar a nado a pesar de haber encallado a tan sólo cien metros de la costa. 


Huyendo de dos buques ingleses que le duplicaban en armamento desde les Illes Columbretes, el Centaur, un navío de 74 cañones y el Cormorant, una corbeta de 20 cañones, la fragata Guadalupe navegaba a toda vela en mitad de una fuerte tempestad, y ante la imposibilidad de refugiarse en el puerto de Dénia por su escaso calado, siguió hacia el sur e impactó contra las rocas quedando encallada a las cuatro de la madrugada frente a la punta del Sardo, muy cerca de la punta Negra, entre la Marineta Cassiana y el Cabo de San Antonio. 

 

Eran tiempos convulsos, de guerra contra el Imperio Inglés e inseguridad en el mar. Por ello, entre las funciones de la fragata Guadalupe estaba la de vigilancia de la costa ante los asedios piratas y la armada inglesa que acosaba el litoral peninsular. El día antes de su naufragio avistaron a los buques enemigos unas cien millas al norte, junto a les Columbretes. 


La Guadalupe fue perseguida por los ingleses durante 24 horas hasta que consiguieron sacarles ventaja aprovechando su menor peso y los fuertes vientos del noroeste. En estas condiciones la fragata no pudo maniobrar y, al no poder entrar en el puerto de Dénia, se embistió contra los fondos rocosos antes rebasar el cabo de San Antonio. El impacto fue tal que algunos marineros cayeron al agua desde la proa sobresaltando al resto de que estaban descansando. 


En un principio la tripulación no fue consciente del peligro y algunos marineros pudieron alcanzar la costa a nado para pedir ayuda. Los habitantes de Les Rotes enviaron un mensajero a lomos de un mulo a comunicar el hecho y toda la población de Dénia, incluido el cura, acudieron al lugar donde estaba encallada la nave, pero no pudieron acercarse ante el fuerte oleaje y el grueso de la mar. 


Con las primeras luces del día pudieron darse cuenta de la gravedad de la situación ya que era imposible prestar auxilio ni por tierra ni por mar. Hacia el medio día, el barco ya tenía varias vías de agua y la tripulación lanzó al mar los cañones, la munición y todo el armamento en un intento desesperado de elevar la línea de flotación. A la cuatro de la tarde, doce horas después de encallar, un golpe de mar partió la fragata en tres partes convirtiendo su entorno en un amasijo de maderas rotas, cabos, planchas de cobre y tablones con clavos que descarnaban, literalmente, a los marineros que desesperados se lanzaban al agua para alcanzar la costa. 


Los dianenses contemplaron impotentes como la nave, batida por la fuerza de las olas, se iba haciendo añicos y sus tripulantes eran destrozados por los envites del mar y los clavos de las maderas. Uno de ellos, precisamente un preso llamado Andrés Martínez, consiguió llegar milagrosamente a la costa y, ante la incredulidad de la población, cogió un cabo largo y volvió a meterse en el agua, para lanzarlo a la proa de la Guadalupe y de este modo, fijar una línea de salvamento por la que muchos marineros aferrándose a ella consiguieron salvar la vida. 


Según relata mosén Francisco Palau, testigo del suceso, a pesar de que la población dianense se volcó en rescatar a los náufragos, el resultado final fue terrible: hubo 107 muertos y 40 desaparecidos inicialmente, cuyos cuerpos el mar sacó a la orilla durante los días siguientes. El cura de Dénia dio orden que los muertos fuesen enterrados en zanjas allí mismo, en los terrenos que ocupa en la actualidad el camping los Pinos junto al barranco de la Raconà, que, desde entonces se llama barranco de la Guadalupe. Tan solo una sencilla cruz de madera les ha recordado durante dos siglos. 



A partir de este momento cambió la historia de Dénia. El rey obligó a los Duques de Medinaceli, dueños del Señorío, a realizar las obras de drenaje para aumentar el calado del puerto, y ante la negativa de la Duquesa  a dragar la dársena, la ciudad pasó a formar parte de la Corona. Acababa así el sistema feudal en Dénia.  Carlos IV había perdido una de sus más importantes fragatas de guerra y cuya misión principal era defender las costas del reino de los piratas ingleses. Paradójicamente el comercio inglés fue el que, décadas después, aprovechó esta ampliación del puerto al convertirlo en la base comercial para la exportación a Inglaterra y América, de la uva pasa cultivada en los valles y montañas de la Marina Alta. 


 

Con motivo de mantener la memoria histórica y en recuerdo de aquellos infelices, nos acercamos en catamarán hasta el lugar del naufragio, un día frío y gris de finales de marzo. Con una mar encrespada y el mismo viento que la hizo naufragar, seguimos la singladura de la fragata Guadalupe desde la bocana del puerto hasta el lugar de la tragedia. 




Todavía hoy, los días de fuerte temporal, el mar de Dénia saca a la playa restos de maderas ensambladas, clavos oxidados, tejas de arcilla y sellos impresos de los más de un centenar de naufragios documentados que tuvieron lugar a lo largo de la historia en las costas dianenses. Una historia de marineros y comerciantes, de valientes aventureros que hicieron universal esta ciudad que, tras dos mil años de historia y a la sombra del Montgó, sigue mirando con respeto los embates del mar.



jueves, 5 de mayo de 2016

Lanuza

El renacer de un pueblo abandonado
José Manuel Almerich





Tras medio siglo de silencio, Elena, Orosia y Quiteria lanzaron de nuevo al viento sus repiques. El sonido que marcaba las horas, las liturgias, los bautizos, y también la muerte, han vuelto a resonar en el valle de Tena. Cuando en 1961 comenzaron las expropiaciones, las cuarenta familias que habitaban Lanuza tuvieron que abandonar el pueblo. Algunas se resistieron pero en mayo de 1976 se cerraron definitivamente las compuertas. El pueblo estaba condenado, en ese momento vivían 147 personas. Dos años después, fueron desalojados los últimos vecinos.




El agua fue inundando los campos primero, los pastos después y por último las casas más bajas. El pueblo quedó desahuciado. El viejo camino junto al río, los pequeños huertos, las calles empedradas, prados y corrales, junto con la cultura ancestral de un paisaje humanizado, quedaron bajo el embalse. El expolio, allí donde el agua no llegó, hizo desaparecer verjas, puertas y dinteles, aperos de labranza, tejas y los muebles que quedaron en las casas.



Hasta las campanas fueron arrancadas de la Iglesia y el templo, abandonado a su suerte, comenzó a desmoronarse como un penitente herido, mudo testigo ante el abandono y la desolación.

El origen de Lanuza es tan antiguo como su propio nombre, un topónimo celta que significa ladera,  haciendo alusión a las suaves vertientes donde se fue levantando el casco urbano entre praderas y bosques de ribera, en la soleada orilla del río Gallego. La primera referencia a Lanuza aparece documentada en el siglo XIII. A finales del siglo XV contaba ya con veinte hogares y formaba parte, junto con Sallent, de uno de los tres históricos quiñones o núcleos administrativos en los que se dividía el valle de Tena.  



Desde la Alta Edad Media, el Valle fue considerado como una unidad independiente, una Universidad gobernada por un concejo de representantes de los diversos lugares como un pequeño parlamento. Durante el siglo XV se denominó la “Hermandad de Tena” que luego se transformó en la Junta General de la Val de Tena, presidida por el Justicia. Por aquel entonces, la Val de Tena contaba con doce pueblos agrupados en tres quiñones: Sallent y Lanuza que formaban el quiñón de Sallent. Panticosa, Hoz, el Puello y Exena formaban el quiñón de Panticosa, y Tramacastilla, Saqués, Búbal y el núcleo aislado de Polituara y las casas de la Artosa y la Pardina, Piedrafita, Escarrilla y Sandiniés, el quiñón de Partacua. Estarluego y Exena desaparecieron en el siglo XVI, Búbal, Polituara, Saqués y Artosa fueron afectados por la construcción de los embalses y Lanuza se abandonó completamente en la década de los setenta. El quiñón tenía competencia en materia de pastos, ganados, construcción de puentes y reparación de caminos. Los documentos antiguos hablan de buenas relaciones con los valles franceses de Ossau y San Sabín, lo que indica una unidad económica y cultural común pirenaica, un hecho que chocaba frontalmente con las distintas políticas de sus respectivos países.



Lanuza tuvo años de prosperidad, cuando el comercio de la lana era la principal actividad económica del valle, y la cercanía de la frontera del Portalet de Aneu lo convirtió en una zona de paso obligado e intercambio comercial. También de guerras como la Independencia ya que los pueblos del valle fueron los que primero la sufrieron; la primitiva iglesia románica fue quemada por los franceses.   




Por esta época Lanuza tenía 40  casas y una cabaña ganadera de 5000 ovejas, 40 mulas, 23 vacas y 4 asnos. Una riqueza superior en proporción a los otros pueblos, algo que les permitía una vida digna dentro de las limitaciones que tenían los habitantes de montaña en una España atrasada, pobre e incomunicada.  Pero este aislamiento y olvido ancestral, no le libró de proyectos considerados de interés nacional como fue la construcción de los embalses en un momento que no había ningún tipo de consideración con el patrimonio ni con el medio de vida de sus habitantes, y lo que es peor, con graves errores de cálculo ya que en muchas ocasiones el agua no cubrió totalmente los pueblos afectados. 



Pero como si esta misma agua hiciese germinar la semilla del recuerdo, los vecinos desplazados comenzaron una batalla contra la Administración y volvieron al pueblo a recuperar las casas y los solares que no habían sido inundados. En 1992 la propia Confederación Hidrográfica del Ebro empezó a revertir los terrenos y el núcleo urbano que quedaba por encima del nivel de seguridad del embalse. Los antiguos moradores consiguieron  restaurar poco a poco sus viviendas e iniciaron un proceso de revitalización que sigue activo. Se creó una asociación cultural, heredera de la antigua asociación de vecinos “La Escuela” y reconstruyen la Iglesia del Salvador con la ayuda económica del Gobierno de Aragón y el resto con la aportación de los vecinos. Quedaban las campanas que fueron recuperadas una a una pese a la oposición del Obispado, excepto Santa Orosia, la más pequeña, que había sido construida en 1884 y de la que nadie sabía nada. 



Varios años después de la expropiación, uno de los vecinos llamado Marcos Grasa, se puso a investigar para averiguar el paradero de varios objetos de culto que habían desaparecido de la Iglesia, y entre ellos la campana Santa Orosia, que era la que repicaba las horas. Sebastián y Jerónimo, dos pastores que en verano volvían con su ganado a los prados de Lanuza, le contaron a Marcos que un día vieron salir un coche del pueblo abandonado con matrícula de Barcelona. Tras su partida, la campana había desaparecido. Sin más datos poco se podía averiguar, pero un día, en febrero de 1998, y tras haber publicado un artículo con referencia a este hecho en una revista de Jaca, llamada Jacetania, un señor llamó a su casa desde Sabadell, quien le confesó que sabía dónde estaba la campana y, no sólo eso, sino que conocía al propietario del coche que se la había llevado. Le dio sus datos, nombre y teléfono, y tras una serie de gestiones, la pequeña Santa Orosia fue recuperada.  En septiembre de ese mismo año, la iglesia fue entregada a Lanuza en la Iglesia de Sallent y unos días después, fue colocada de nuevo en la torre de la Iglesia. La Iglesia del Salvador reconstruida totalmente sobre el templo románico incendiado por los franceses, ha quedado como símbolo de un pueblo rescatado del abandono total. También se recuperaron costumbres ancestrales como la danza del palotiau, una representación muy antigua, mezcla entre pastoril y guerrera, en la que los danzantes hacen chocar entre sí cayados de madera.



En la actualidad el pueblo ha sido restaurado en su totalidad. Viven 8 familias de forma permanente y la vida ha vuelto de nuevo a Lanuza. Calles de piedra, casas levantadas sobre solares que jamás se inundaron y viviendas reconstruidas sobre sus propias ruinas vuelven a tener las techumbres cubiertas de pizarra negra. Hay quien dice que el pueblo no es lo que era, que ha quedado demasiado “perfecto”, que ahora es un lugar de veraneo o reclamo turístico para explotar el potencial que tiene un lugar como éste cercano a las pistas de esquí.  Pero esta afirmación, siendo en parte cierta, no tiene en cuenta el esfuerzo de sus vecinos, el derecho a recuperar lo que fue suyo y también de gente foránea que ha contribuido a redimir del olvido, un pueblo abandonado. Y buscar una salida económica a un valle entero, es un derecho y una labor de supervivencia, la única posible en este recóndito lugar de los Pirineos.


En verano Lanuza tiene un dinamismo propio de los pueblos con vida y en invierno, la nieve les permite subsistir. Los antiguos vecinos vuelven por vacaciones y los que no, alquilan sus casas a turistas que practican el senderismo u otras actividades vinculadas con la naturaleza y respetuosas con ella. Y eventos culturales que han convertido Lanuza en un punto de referencia universal como es el Festival de Pirineos Sur durante la segunda quincena de julio. Este festival congrega en el pueblo a los más importantes grupos de música étnica, tradicional y alternativa procedentes de distintas partes del mundo. Por otro lado, las fiestas patronales, también recuperadas, tienen lugar el último fin de semana de agosto, además del día de Santa Quiteria, o Fiesta Pequeña, que se celebra el 22 de mayo.



Entre la gente forastera que ha contribuido a recuperar Lanuza, se encuentra el valenciano José Manuel Martínez Rosaleny, conocido en Albal como Pixurri, un empresario rebosante de inquietudes y trabajador incansable que descubrió el pueblo abandonado mientras participaba en la Quebrantahuesos, una prueba ciclista de gran dureza que recorre desde hace más de veinte años los valles del Pirineo Aragonés. Pitxuri vio de lejos el pueblo, se fijó en sus casas en ruinas al otro lado del río y pensó: “tengo que construir una casa allí”




Y así fue. Siete años después volvió al valle con su mujer y decidió adquirir un solar sobre el que construyó su casa. Una casa alta, de amplios y luminosos ventanales, sólida y elegante, totalmente integrada en el casco urbano, y que convirtió en alojamiento rural las apartamentos más elevados. Cuidó al máximo los detalles de la obra, buscó materiales de primera calidad de acuerdo con el entorno, la dotó de todas las comodidades incluidos  sauna, jacuzzi y spa, y consiguió algo fundamental: poner en valor un pueblo abandonado.



Desde entonces el viajero, montañero, excursionista o esquiador tiene un lugar donde descansar dignamente adaptado a todas las normativas del turismo rural aragonesas. Y así se levanta un pueblo abandonado, no sólo recuperando las casas sino invirtiendo en ellas, y confiando en su potencial turístico, algo que en muchas ocasiones no ocurre en el mundo rural, ya que sus propios habitantes no son conscientes o no creen en el valor de su propio entorno.



Pixurri contribuyó, como cualquier vecino, en los gastos de la recuperación del pueblo; dos antiguos vecinos de Lanuza, Marcos Crasa y Ángel Pérez, le comentaron si podía hacerse cargo del reloj de la torre de la Iglesia, y que precisamente lo iban a reparar en Valencia. Sin dudarlo ni un instante, Pixurri se hizo cargo de los gastos e hizo el donativo que le pidieron para este menester y que el reloj volviese a tocar las horas, pensando sobre todo en el esfuerzo que estos hombres habían hecho el pueblo que les vió nacer. Lanuza le entró por la vista y le llegó al corazón mientras rodaba en bicicleta por el valle de Tena. La casa rural, un sueño cumplido, permanece ahora abierta todo el año garantizando alojamiento a los visitantes que deseen conocer este rincón del pirineo aragonés. Amplía la oferta para los esquiadores en pleno invierno, y permite una estancia relajada y fresca durante el verano. 
En el año 2001 en Lanuza no existía el asfalto, ni alumbrado público. Tan solo una Iglesia y siete casas. Hoy ya tienen 65 viviviendas recuperadas, un hotel, un restaurante y Casa Pixurri. Un sueño hecho realidad del que algunos de sus artífices no pudieron despertar, ya que se fueron sin  haber visto su pueblo renacer.




Recorrimos el valle finales de otoño. Ascendimos a los collados cercanos al pueblo y descubrimos las ermitas escondidas testimonio de la vida humilde y sacrificada de sus habitantes. El Valle de Tena no sólo es un lugar donde ir a dormir tras un día de esquí. Es el legado cultural que dio origen al Consejo de Aragón y una de las puertas de entrada a España desde Francia. Rebosa historia por los cuatro costados y también, esconde en las construcciones secretas de la Línea P los secretos mejor guardados de las últimas guerras europeas.



Portalet d’Aneu, Formigal, el balneario de Panticosa, Polituara o el pueblo de Sallent de Gallego al que ahora pertenece Lanuza, son lugares de visita obligada y punto de partida a los grandes tres miles del pirineo aragonés: Balaitus, el Gran Facha, Argualas o los Picos del Infierno, grandes cumbres que vigilan el valle y aportan con sus nieves casi perpetuas, el agua que da vida a los pueblos y sus gentes. Esperan también, en un enclave de extraordinaria y sublime belleza, que algún día los conquistemos andando.

martes, 28 de julio de 2015

Islandia

La energía intensa de la tierra
José Manuel Almerich




Un haz de rayos de sol entran con fuerza a través de la estrecha ventanilla del avión. Mientras intento salir de la somnolencia propia de los largos viajes, agudizo la vista con la intención de ver desde el aire el Vatnajökull, el mayor glaciar de Europa. Son casi las dos de la madrugada y el sol de medianoche deja de percibirse en el momento que el avión desciende y atraviesa hasta cuatro espesas capas de nubes. El camino del aeropuerto hacia Reykjavík serpentea entre lava negra recubierta de musgo fosforescente bajo un cielo gris plomizo, pero con un aire limpio y puro, una luminosidad extraña que desconcierta por su claridad. Fumarolas inquietantes a uno y otro lado crean un ambiente surrealista mientras una densa y fina lluvia empapa tu cuerpo sin darte apenas cuenta. 


Islandia, el último espacio virgen de Europa, es un territorio inmenso, sobrecogedor, uno de los espectáculos naturales más fascinantes del planeta, una isla de hielo y fuego donde el hombre se siente insignificante en mitad de una naturaleza hostil e indómita a la que sientes estremecer bajo tus pies. 


 

La isla, en su mayor parte deshabitada, se sitúa en la gran dorsal atlántica, la gran falla que separa las placas europea y americana, y cuya distensión a razón de 7 cm al año ocasiona que la energía interna de la tierra todavía caliente salga al exterior en forma de volcanes, fuentes calientes, géisers y solfataras, algunas de hasta 50 kms de anchura. Geológicamente Islandia es un país joven, tiene apenas 20 millones de años y la décima parte de su superficie está cubierta de glaciares. Se han contabilizado más de 200 volcanes, 30 de ellos activos. Sólo el Hekla ha tenido más de veinticinco erupciones en los últimos años, algunas de ellas de consecuencias dramáticas y siempre acompañadas de violentos terremotos. Si además, las erupciones se producen bajo la espesa capa de los hielos glaciares, las efectos pueden ser muy destructivos ya que los inmensos bloques y el hielo derretido arrasan implacablemente todo a su paso.  


 

“Vivir en una isla caliente implica un temor constante, pero también tiene sus ventajas”, me comentaba plácidamente un farmacéutico gallego afincado en Akureyri mientras compartíamos una pequeña piscina de aguas termales. No sé exactamente si se refería a su joven acompañante, una nórdica, casi albina, de ojos verdiazules o al placer de la relajación entre aguas sulfurosas, ricas en minerales, y cuyo baño es una de las sensaciones más intensas que he sentido jamás. Práctica obligada en un país con apenas dos horas de luz en invierno y cuya relación social pasa por el baño diario en las piscinas y la sauna. 




 
Islandia posee unos 800 manantiales de agua caliente, cuya temperatura en superficie oscila entre 80 y 100 grados. En 1930 comenzó a utilizarse por primera vez la energía geotérmica para la calefacción de las casas y desde entonces ya no habido vuelta atrás. El 95 % de la calefacción doméstica e industrial viene de esta energía limpia y renovable, a pesar del aspecto tenebroso de sus instalaciones y el impacto en el paisaje. En Islandia, el grado geotérmico de la tierra (la profundidad que hay que descender para que la temperatura ascienda 1 grado) es de 10 metros, mientras que en el resto del planeta es de 33 m como media. Por este motivo, la temperatura de 100 grados se alcanza descendiendo 1000 m. El magma caliente está aquí mucho más cerca de la superficie y el vapor de agua en algunos casos alcanza los 340 grados centígrados a apenas dos kilómetros de profundidad.


 

Si este vapor, procedente de aguas de lluvia y manantiales, no tiene salida a la superficie, permanece en bolsas atrapado entre capas permeables sobre una cámara magmática y alcanza elevadas temperaturas puede, por medio de perforaciones idénticas a un campo de petróleo, canalizarse hacia la superficie y enviado a turbinas generar electricidad. Si la temperatura es baja, entre 60 u 80 grados su extracción se destina a la calefacción de viviendas por medio de pozos de producción que alcanzan los 200 m2/h ya que por debajo de 120 grados centígrados no es posible producir electricidad a un nivel aceptable. 

 

El gobierno de Islandia es consciente del gran potencial sin explotar en la generación de energía geotérmica e hidroeléctrica y por ello tiene la intención de atraer inversiones en industrias que requieran gran consumo de electricidad. En la década de los sesenta se construyeron cerca de Reykjavík una planta de fabricación de aluminio y otra de sílice de hierro. También se instalaron empresas de cemento y fertilizantes de nitrógeno y ferrosilíceos. La elaboración de polvo de diatomita en sílica, una de las sustancias más utilizadas en el mundo en base a los esqueletos de un alga abundante el fondo del lago Mýtvatn también necesita un elevado consumo de energía eléctrica que procede de la cercana central geotérmica de Krafla. 



La central geotérmica más conocida y visitada se encuentra a apenas 50 km de la capital, en la península de Reykjanes. En mitad de un campo de lava se levantan las instalaciones que destacan por sus enormes fumarolas de vapor emergente y junto a un lago de color azulado donde la gente se baña con el rostro embadurnado de barro blanco en el ambiente más extraño e irreal que podamos imaginar. 


Los primeras centrales geotérmicas de alta temperatura fueron construidas en Italia en el año 1903 en la región de Larderello, cuya potencia en la actualidad alcanzan los 400 MW. En el área de Mýtvatn, al norte de la isla, tiene lugar la mayor actividad geotermal de toda Islandia y allí se establecieron en 1965 las dos centrales geotérmicas adquiridas posteriormente por la National Power Company Landsvirkjun para abastecer la creciente demanda de electricidad tanto para uso industrial como doméstico. En 1983 se aprobó una nueva ley al respecto de la energía con la concesión a Landsvirkjun para toda la isla y con la participación del estado en un 50%, la ciudad de Reykjavik en un 45% y la población de Akureyri con el 5% restante.



La estación de Bjarnerflag, a tan solo 4 kms de Reykjahlid, fue la primera central geotérmica levantada en Islandia para producir energía eléctrica a la ciudad de Akureyri y sus alrededores. Constaba de una vieja turbina de 3MW adquirida de segunda mano a una industria azucarera escocesa. Con la nueva ley de 1983 pasó a manos de Landsvirkjun y está controlada por la central de Krafla. Krafla, cerca del volcán del mismo nombre, es la mayor de todo el norte de la isla y fue construida por el estado entre 1975 y 1977. En un primer momento esta polémica central fue diseñada para mover dos turbinas de 30 MW cada una, pero como no se necesitaba tanta electricidad, una de las turbinas no fue ni desembalada de su caja hasta este año en que ha sido finalmente instalada. Landsvirkjun, la empresa pública propietaria de ambas centrales, Bjarnerflag y Krafla, juega un importantísimo papel en la vida y en la economía del distrito de Mýtvatn. En ella trabajan dieciseis personas altamente cualificadas y garantiza el suministro eléctrico de agua caliente y calefacción doméstica, luz y vapor para mover las turbinas de la fábrica de diatomitas. Durante el corto verano da trabajo a jóvenes que ayudan a mantener y mejorar el entorno afectado por la central, repoblación allí donde es posible y regeneración del paisaje. También cultivan la tierra aprovechando el calor generado en invernaderos y la protegen de la erosión cumpliendo el compromiso de la central con el entorno natural.



Hay quién dice que Islandia es el último territorio europeo donde el hombre todavía debe luchar por sobrevivir antes que por proteger la naturaleza. Esta impresión a priori cierta, desaparece cuando contemplas la inmensidad del territorio islandés y sientes la fuerza intensa del paisaje. Con apenas 240.000 habitantes este país prácticamente deshabitado tiene que salir adelante utilizando sus recursos energéticos en un entorno hostil y el compromiso de conservación de una isla única, indómita y tan desconocida como lo ha sido desde el origen de la tierra.